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日志


3月8日

LA SILLITA DE ORO (CUENTO)

   Todas las tardes sentaban a la niña a la puerta de la casa en su sillita de madera con asiento de anea. En invierno cubrían sus piernas con una manta de lana tejida por su madre y ella se entretenía en contar los cuadros de colores y metía los deditos por los bodoques enlzándolos de dos en dos, como si se convirtieran en una cinta color rosa pálido que hacía juego con los rojos y los azules.
   En verano sus piernecitas lineales y canijas vestían unos calcetines de hilo que siempre le venían grandes e intentaban disimular su escuálida lacitud. Ella veía a los niños jugar en la calle, corretear como gorrioncillos y alborotar con su griterío. A veces las niñas colgaban un columpio en la rama de un árbol y se mecían impulsando las subidas y bajadas con el movimiento de sus piernas ágiles.Cantaban una canción que enumeraba una retaíla de números de difícil pronunciación: "...Uni, doli, treli, catoli, quili, quileta,..
estaba la Reina sentá en su silleta, vino el Rey, encendió el candil, candil, candol, cuenta las veinte que las veinte son..."
   Entonces la niña soñaba despierta, con sus ojos muy abiertos, mientras escuchaba la canción repetirse tantas veces como niñas se subían al columpio. Se veía vestida con un vaporoso vestido de seda y tul, tan largo que tapaba por completo sus piés. En  el pelo  llevaba  una redecilla de plata y sobre la cabeza una corona con diamantes en las puntas. Estaba sentada en un sillón de oro que relucía tanto como los rayos del sol que caían sobre las ramas del árbol que sujetaba el columpio. La niña sonreía y la gente se paraba ante ella y le dejaba delante presentes envueltos con lazos.
   LLegó la época de las lluvias y la niña ya no podía salir a la calle. Por la tarde la sentaban junto a la ventana para que pudiera ver el jardín. Sobre las plantas habían gotas de lluvia que resbalaban y sobre las losetas de la entrada se paseaban los caracoles que escapaban de la enredadera.
   Se acercaba la navidad y la niña  pidió papel y lápiz para escribir su carta a los Reyes Magos. Tenía bien pensado lo que quería pedir; su letra perfectamente caligráfica a pesar del temblor emocionado de sus manitas, escribió su ansiada petición y la metió en un sobre que le entregó a su madre para que la echara sin falta al día siguiente en el buzón más cercano.
   Cada noche, cuando su madre la acostaba, repetía en voz baja su petición hasta que se dormía.
    La mañana del seis de Enero, la niña se despertó muy temprano y llamó a gritos para que la levantaran y la llevaran al salón.
Allí estaba, delante de la mesa, presidiendo la sala, su sueño hecho realidad: era una sillita de madera pintada con purpurina dorada.
  
    Aquel verano la niña sonreía feliz mientras canturreaba su canción  y se sentía  la reina sentada  en su sillita de  oro.

                                                                                   TINA
                                                        (En  memoria de  una  niña  del  barrio )